Fotograma de una película simbólica donde un hombre con expresión triste refleja el desgaste emocional y la desconexión en el trabajo.

UNA PELÍCULA BASADA EN HECHOS MUY REALES

Hoy me gustaría contaros una película basada en hechos muy reales. Una de esas que muchas personas viven a diario. Hay películas que no pretenden explicar nada importante y, sin embargo, lo explican todo. Nuestra historia es exactamente eso, un retrato involuntario de por qué tanta gente odia los lunes, de por qué algunas personas alargan una baja más de lo estrictamente necesario, de por qué otros buscan cualquier excusa para no ir a trabajar y de por qué, en el fondo, el absentismo no es una decisión puntual, sino un proceso lento, silencioso y emocional que empieza mucho antes de que alguien deje de acudir a su puesto.

Juan, el protagonista, se despierta cada mañana atrapado en un atasco que parece una metáfora de su vida entera. Avanza milímetro a milímetro, rodeado de otros coches que tampoco parecen tener prisa, como si todos estuvieran sincronizados en la misma sensación: “no quiero ir, no quiero volver, no quiero enfrentarme a otro día igual”. Esa es la primera imagen que miles de personas viven cada lunes antes de fichar. Ahí empieza el absentismo de verdad. No se falta para evitar trabajar, se falta para no regresar a un sitio que te drena.

Cuando Juan atraviesa la puerta de su empresa, ya está ausente por dentro. Su cuerpo llega, pero su cabeza hace tiempo que se queda fuera. No falta físicamente todavía, aunque lleva meses faltando en lo emocional. Su espíritu entra siempre con retraso. Y ahí está la parte que pocas organizaciones quieren mirar de frente. Antes de que aparezca la baja, antes de que llegue la excusa, antes de que alguien se atreva a decir “hoy no voy”, han pasado semanas, incluso meses, en los que esa persona ya estaba desconectada, apagada, sobreviviendo por dentro. Ese tipo de desconexión silenciosa explica por qué los lunes pesan tanto. El lunes no duele por ser lunes. Duele porque te obliga a volver a un lugar donde ya no quieres estar.

En nuestra película, los trabajadores no solo detestan sus tareas. Detestan la forma en que las viven. No es el trabajo en sí, sino en lo que el trabajo se ha convertido para ellos. La repetición absurda. Los procesos que no llevan a ninguna parte. La sensación de que nada de lo que haces sirve para algo. La supervisión constante de jefes que se asoman por la espalda únicamente para recordar detalles insignificantes. Cuando un entorno laboral se transforma en algo así, el cuerpo empieza a reaccionar. Desde fuera puede parecer pereza. En realidad, es defensa. La persona se levanta un lunes con un nudo en el estómago, con un cansancio que no se quita durmiendo. No es sueño, es rechazo. Y cuando ese rechazo se repite una y otra vez, termina convirtiéndose en absentismo.

A muchos les sorprende que alguien alargue una baja un día más. “Si ya está mejor, ¿por qué no vuelve?”. En la mayoría de los casos la respuesta no está en el dolor físico. Está en el miedo real a volver a un lugar que ha contribuido a que se lesionara o se quemara. Eso es lo que le ocurre a Juan cuando de repente deja de preocuparse por nada. No está enfermo, pero tampoco está sano para volver. Su mente ha hecho lo que tantas otras hacen, desconectarse del trabajo para protegerse. Volver demasiado pronto significaría recaer, volver a sufrir, repetir el ciclo del que acaba de salir. Y para evitar esa rueda interminable, el cuerpo le susurra que espere un poco más.

El absentismo rara vez aparece como una gran decisión dramática. Casi siempre nace de pequeñas decisiones acumuladas. Levantarte tarde un día porque no puedes con tu alma. Pedir una mañana libre por algo “inesperado” que quizá podrías haber resuelto de otra manera. Ir al médico por un dolor que en otro momento habrías aguantado, pero que hoy pesa demasiado. Retrasar la reincorporación un día porque sientes que no estás preparado. No son maniobras de evasión. Son mecanismos de supervivencia. La gente no se despierta pensando “voy a faltar porque sí”. Piensa “necesito un respiro o me rompo”.

Cuando el trabajo se convierte en un lugar donde decir la verdad resulta peligroso, las excusas no tardan en aparecer. En nuestra película, cada personaje acaba desarrollando su propio repertorio automático de justificaciones. No lo hacen porque sean malos trabajadores. Lo hacen porque son trabajadores atrapados. La verdad se silencia cuando la reacción esperada es burla, reproche o castigo. Se esconde cuando la empresa minimiza el dolor, ridiculiza el cansancio, cuestiona cada ausencia, genera culpa por enfermar o transmite la idea de que pedir ayuda es un signo de debilidad. En esos entornos, fingir parece más seguro que sincerarse.

Lo que muchos llaman “picaresca” suele ser, en realidad, falta de seguridad psicológica. Si sientes que al decir “no puedo más” nadie te va a creer, buscarás una excusa que parezca más aceptable que tu malestar. Si reconoces que estás quemado y la empresa entiende ese reconocimiento como falta de compromiso, aprenderás que es más prudente esconderte detrás de un resfriado que detrás de tus sentimientos. Los trabajadores no simulan sin motivo. Simulan porque no confían.

En nuestra película, el momento más revelador no es cuando Juan deja de ir al trabajo, sino cuando va y ya no hace nada. Es un abandono emocional completo. Está allí físicamente, pero ya no está allí de verdad. Se ha convertido en un fantasma dentro de su propio puesto. Y esa debería ser la gran preocupación de cualquier responsable de prevención. El absentismo emocional. El trabajador que está sentado en su silla, pero perdido por dentro. El que ya no aporta, ya no se implica, ya no mira hacia el futuro. Ese absentismo no se registra en un parte, pero es devastador.

Cuando alguien llega a ese punto, faltar un día, o cinco, deja de ser un gesto de rebeldía. Se convierte en un alivio. Es como sacar la cabeza del agua después de aguantar la respiración durante demasiado tiempo. Si la empresa interpreta esa ausencia como una muestra de deslealtad, solo alimenta el problema. La persona vuelve con más ansiedad, menos descanso real y la sensación de que su trabajo no solo no la comprende, sino que además la juzga.

La vida tampoco ayuda a frenar este ciclo. En nuestra película, Juan vive con obligaciones que no encajan con su horario laboral. Nada encaja. Igual que ocurre en la vida real. Hijos enfermos. Padres que necesitan cuidados. Trámites que exigen presencia física. Visitas médicas que no se pueden aplazar. Crisis familiares. Momentos difíciles que desbordan cualquier cuadrante. La persona falta porque la vida no negocia. Y cuando, además, el trabajo se convierte en un sitio donde cada ausencia se mira con lupa, el absentismo no baja. Se dispara.

Si entendemos el absentismo con honestidad, vemos que no es un acto aislado. Es una acumulación de pequeñas fracturas emocionales. Nadie decide dejar de ir a trabajar de un día para otro sin haber pasado antes por semanas, o años, de agotamiento silencioso. Lunes que pesan como una losa. Noches que no descansan. Frustración que crece. Falta de reconocimiento. Rutinas que ya no aportan sentido. Jefes, procesos y dinámicas que desgastan más que el propio esfuerzo físico.

Juan no abandona la empresa por un arrebato. Se marcha porque su relación con el trabajo llevaba mucho tiempo rota. Su absentismo no empieza el día que deja de cruzar la puerta. Empieza el día que deja de sentir que su vida tiene sentido dentro de esa oficina beige.

Al final, nuestra película grita una verdad incómoda sin proponérselo. Nadie odia trabajar. La gente odia sufrir. Cuando un puesto se transforma en una fábrica de ansiedad, en un entorno absurdo o en un lugar donde el trato duele más que la tarea, la ausencia se convierte en refugio. Cuando la persona siente que no importa, cuando su esfuerzo se vuelve invisible, cuando sus necesidades no se escuchan, cuando conciliar es una quimera, cuando el cuerpo y la mente dicen basta, faltar deja de ser una elección caprichosa y se convierte en la salida más razonable.

La pregunta importante no es “por qué falta esta persona”. La clave está en otra pregunta mucho más incómoda. Qué está viviendo para que faltar le resulte mejor que venir. Ahí es donde de verdad empieza el análisis.

El absentismo no habla de vagancia. Habla de cansancio. Habla de dolor acumulado. Habla de una necesidad de respirar que nadie ha atendido. Habla de una relación laboral que se ha ido rompiendo por dentro, a cámara lenta.

Nuestra película pretendía ser una comedia, pero lo que muestra no tiene gracia. Trabajadores atrapados, desconectados, agotados y sin esperanza. En la realidad, ese malestar no se arregla con un chispazo mágico. Se cura construyendo entornos donde se pueda decir la verdad sin miedo, donde el trabajo conserve un sentido, donde los lunes no sean una condena emocional, sino un día más en un lugar al que merece la pena volver.

La gente no busca excusas cuando está bien. No alarga bajas cuando se siente cuidada. No simula enfermedades cuando puede hablar con honestidad. No odia los lunes cuando el trabajo no pesa. No falta cuando su presencia se valora de verdad.

El absentismo no es un enemigo. Es un mensaje. Un aviso de que algo no va bien. Una señal de que el sistema está pidiendo cambios. Una oportunidad de escuchar antes de que la desconexión emocional acabe en abandono definitivo.

Si las empresas quieren reducir el absentismo, necesitan transformar sus oficinas, sean beige o de cristal, en lugares donde la gente pueda estar sin desgastarse. Lugares donde la vida y el trabajo no compitan. Donde la confianza no esté en riesgo. Donde los lunes no duelan. Donde nadie tenga que convertirse en Juan para sobrevivir.

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