Imagen de cansancio en la oficina moderna

EL ABSENTISMO NO SE COMBATE CULPANDO AL TRABAJADOR, SINO CUIDÁNDOLO.

Hablar del coste sin hablar de las causas

Cada cierto tiempo el absentismo laboral vuelve a ocupar titulares. Se habla de los miles de millones de euros que cuesta a las empresas y a la Seguridad Social, del incremento de las bajas médicas y de la necesidad de reducirlas. Sin embargo, rara vez el debate comienza donde debería: preguntándonos por qué cada vez más personas necesitan dejar temporalmente su trabajo por motivos de salud.

Ese es el principal error. El absentismo no es únicamente un problema económico ni laboral. Es un indicador de cómo funcionan nuestras empresas, nuestro sistema sanitario y nuestras políticas de salud pública. Cuando aumenta de forma sostenida, no basta con controlar las bajas; hay que analizar qué está fallando para que cada vez más personas enfermen o tarden más en recuperarse.

El impacto de la COVID sigue entre nosotros

La pandemia marcó un antes y un después. No solo dejó secuelas físicas en muchas personas; también incrementó la ansiedad, la depresión, el agotamiento emocional y el estrés laboral. Muchos trabajadores regresaron a sus puestos con una mayor vulnerabilidad, mientras las empresas afrontaban la recuperación con plantillas ajustadas, mayor presión asistencial o productiva y nuevas formas de organización.

Cinco años después seguimos observando sus consecuencias. El aumento de las incapacidades temporales no puede entenderse sin analizar el efecto acumulado de la pandemia sobre la salud física y mental de millones de trabajadores.

La paradoja de las horas extraordinarias

Existe una contradicción llamativa. Mientras se pone el foco sobre quienes faltan al trabajo por enfermedad, apenas se habla de los millones de horas extraordinarias que se realizan cada año en España, muchas de ellas sin remunerar ni compensar.

Hay miles de personas que prolongan su jornada de forma habitual, responden correos fuera del horario laboral, no desconectan durante las vacaciones o trabajan bajo una presión constante. Ese presentismo —acudir al trabajo incluso cuando la salud aconsejaría lo contrario— también tiene un elevado coste, aunque resulte mucho menos visible.

El exceso de carga laboral favorece el agotamiento, las enfermedades musculoesqueléticas, los problemas cardiovasculares y los trastornos de salud mental, que con frecuencia terminan convirtiéndose en bajas de larga duración.

Las listas de espera también generan absentismo

Existe otro factor del que se habla mucho menos y que resulta determinante: las listas de espera del sistema sanitario.

Muchos trabajadores podrían reincorporarse antes si accedieran con mayor rapidez a una prueba diagnóstica, una consulta con el especialista, una intervención quirúrgica o un tratamiento de rehabilitación. Sin embargo, las demoras asistenciales prolongan innecesariamente muchas incapacidades temporales.

Cada semana de espera supone, en numerosos casos, una semana más de baja laboral. Esto tiene un enorme impacto sobre la calidad de vida de las personas, pero también sobre las empresas, la Seguridad Social y la productividad del país.

Reducir las listas de espera no solo es una medida sanitaria. Es también una política de empleo, de productividad y de reducción del absentismo.

¿Cuánto cuesta realmente el absentismo?

Es lógico que empresas y administraciones se preocupen por el impacto económico de las bajas laborales. La incapacidad temporal supone miles de millones de euros cada año entre prestaciones, pérdida de productividad, sustituciones y reorganización del trabajo. Pero conviene ampliar la mirada.

¿Cuánto cuesta no prevenir? ¿Cuánto cuesta mantener organizaciones con elevados niveles de estrés? ¿Cuánto supone perder trabajadores experimentados por incapacidad permanente? ¿Cuál es el coste de unas listas de espera que retrasan la recuperación? ¿Qué impacto tiene la rotación del personal, el desgaste profesional o la pérdida de talento?

La prevención y la capacidad de respuesta del sistema sanitario rara vez aparecen en estos cálculos, cuando probablemente constituyen las inversiones más rentables.

España necesita una estrategia integral de salud laboral

Nuestro país dispone de una sólida normativa en prevención de riesgos laborales, pero continúa predominando una visión centrada en los accidentes y en los riesgos físicos.

Hoy los desafíos son otros: el envejecimiento de la población trabajadora, las enfermedades crónicas, los riesgos psicosociales, la hiperconectividad, la salud mental y la creciente complejidad de los procesos asistenciales.

España necesita una auténtica estrategia nacional que integre salud laboral, salud pública y sistema sanitario. Una estrategia que implique a empresas, administraciones, servicios de prevención, profesionales sanitarios y agentes sociales.

Ello supone reforzar la promoción de la salud en las empresas, evaluar de forma sistemática los riesgos psicosociales, prevenir el estrés y el desgaste profesional, favorecer la conciliación, adaptar los puestos de trabajo a las capacidades de cada persona, agilizar la atención sanitaria y facilitar la reincorporación progresiva tras una baja prolongada.

Cuidar al trabajador es mejorar la productividad

Existe abundante evidencia científica de que las organizaciones saludables son también las más eficientes. Allí donde se invierte en bienestar laboral disminuyen las bajas prolongadas, mejora el clima de trabajo, aumenta el compromiso de los profesionales y se incrementa la productividad.

La salud de quienes trabajan no debe contemplarse como un gasto, sino como un activo estratégico. Ninguna empresa puede aspirar a ser competitiva si basa sus resultados en plantillas agotadas o en un sistema incapaz de devolver con rapidez la salud a quienes enferman.

Del control a la prevención

Con demasiada frecuencia las respuestas se orientan hacia un mayor control administrativo de las bajas médicas. Sin embargo, controlar no equivale a prevenir.

La verdadera solución consiste en actuar antes de que aparezca la enfermedad: mejorar las condiciones de trabajo, fortalecer los liderazgos saludables, reducir los riesgos psicosociales, promover la salud mental y garantizar que el sistema sanitario responda con agilidad para evitar bajas innecesariamente prolongadas.

Una oportunidad para cambiar la mirada

El absentismo no debería interpretarse únicamente como una cifra económica. Es un termómetro que mide el bienestar de nuestra sociedad, la calidad del empleo y la capacidad de respuesta de nuestro sistema sanitario.

La pregunta no es cómo reducir el absentismo a cualquier precio. La verdadera cuestión es cómo construir un modelo laboral y sanitario que permita a las personas trabajar con salud durante más años.

En una sociedad envejecida, donde cada vez será más difícil encontrar profesionales y mantener la productividad, cuidar la salud de quienes trabajan deja de ser una política social para convertirse en una estrategia de país.

Porque el absentismo no se combate culpando al trabajador. Se reduce previniendo la enfermedad, mejorando las condiciones de trabajo, acortando las listas de espera y situando la salud de las personas en el centro de las decisiones.

Publicaciones Similares

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *