Ilustración comparativa que muestra la diferencia entre carga mental y tensión mental en el trabajo: a la izquierda, un profesional concentrado y motivado resolviendo problemas complejos; a la derecha, una trabajadora esperando con incertidumbre frente a una pantalla, representando cómo unas condiciones laborales desfavorables pueden generar mayor agotamiento psicológico que la propia exigencia cognitiva

EL PROBLEMA NO ES PENSAR

Hay días en los que llegamos a casa completamente agotados y utilizamos una explicación casi automática: “Hoy he tenido mucha carga mental”. Es una frase tan habitual que rara vez nos detenemos a pensar qué significa realmente. Sin embargo, detrás de ella existe una diferencia que puede cambiar por completo la forma en que entendemos el cansancio psicológico en el trabajo. No es lo mismo carga mental que tensión mental. Y confundir ambos conceptos nos lleva a sacar conclusiones equivocadas sobre cómo trabajamos, cómo organizamos los puestos y cómo protegemos la salud de las personas.

La mayoría tendemos a pensar que una elevada carga mental es algo negativo. Que cuanto más tenga que pensar una persona, peor será para ella. Pero la realidad es bastante más compleja.

  • Pensemos en un ingeniero intentando resolver un problema técnico especialmente difícil,
  • en un investigador analizando datos para encontrar una respuesta que nadie ha encontrado antes,
  • en un programador desarrollando una solución innovadora,
  • en un médico enfrentándose a un caso complejo,
  • Incluso un ajedrecista durante una partida importante

Todos están sometidos a una enorme carga mental.

En todos esos casos el cerebro trabaja intensamente. Analiza información, toma decisiones, valora alternativas y mantiene la atención durante largos periodos de tiempo. Desde un punto de vista cognitivo, el esfuerzo es considerable. Sin embargo, muchos de esos profesionales describirían la experiencia como estimulante e incluso agradable. Algunos entrarían en lo que los psicólogos denominan estado de flujo: una situación en la que la persona está tan concentrada en la tarea que pierde la noción del tiempo. Terminan cansados, sí, pero no necesariamente agotados. No sienten que la actividad les haya drenado emocionalmente.

La carga mental y la tensión mental no son lo mismo. La carga mental hace referencia a las exigencias cognitivas de una tarea. La tensión mental, en cambio, es la respuesta que esa tarea provoca en la persona. Y ambas cosas no siempre evolucionan juntas. De hecho, es perfectamente posible tener una carga mental muy elevada y una tensión mental relativamente baja.

Nos ocurre constantemente cuando aprendemos algo que nos interesa, cuando resolvemos problemas que nos motivan o cuando participamos en proyectos que sentimos como propios. También cuando disponemos de autonomía para decidir, tenemos recursos suficientes y percibimos que somos capaces de afrontar el reto que tenemos delante. Nuestro cerebro trabaja mucho, pero trabaja en condiciones favorables.

Ahora imaginemos la situación contraria. Una persona esperando una llamada importante relacionada con un juicio, una prueba médica o una decisión que puede cambiar su futuro. Desde un punto de vista técnico, la carga mental es mínima. No hay cálculos complejos, ni decisiones difíciles, ni problemas técnicos que resolver. Sin embargo, la tensión mental puede ser enorme. La persona mira constantemente el teléfono, interpreta cualquier sonido como una posible llamada y anticipa una y otra vez diferentes escenarios. Al final del día puede sentirse completamente agotada.

Lo mismo sucede en muchos puestos de trabajo cuya función principal consiste en vigilar. Vigilar una pantalla, un proceso, una instalación o una alarma que quizá nunca llegue a activarse. A simple vista parecen trabajos tranquilos. Sin embargo, quienes los desempeñan saben que pueden resultar extraordinariamente agotadores. La mente permanece en un estado de alerta permanente. Debe estar preparada para actuar en cualquier momento, pero al mismo tiempo apenas recibe estímulos. No hay suficiente actividad para mantener el interés, pero tampoco existe la posibilidad de desconectar. Esa combinación es mucho más exigente de lo que parece.

Algo parecido ocurre con muchas situaciones que encontramos a diario en las organizaciones. La incertidumbre, la falta de control, las interrupciones constantes, las órdenes contradictorias, los cambios de criterio de última hora o la sensación de que cualquier error tendrá consecuencias importantes pueden generar enormes niveles de tensión mental incluso cuando la carga mental objetiva no sea especialmente elevada. En estos casos, el problema no es cuánto pensamos, sino en qué condiciones nos obligan a hacerlo.

Y aquí aparece otra cuestión especialmente interesante. Solemos asociar los riesgos mentales a los puestos excesivamente complejos, pero rara vez pensamos en el problema contrario. También existen situaciones en las que la carga mental es demasiado baja para las capacidades de la persona. Y eso puede generar tensión mental.

Todos hemos conocido casos de profesionales altamente cualificados dedicando gran parte de su jornada a tareas repetitivas, rutinarias o muy por debajo de sus capacidades. Personas con iniciativa que únicamente pueden seguir instrucciones. Trabajadores capaces de aportar mucho más valor del que el puesto les permite desarrollar. Desde fuera puede parecer una situación cómoda. Menos responsabilidad, menos complejidad y menos exigencia. Sin embargo, muchas veces genera frustración, apatía y desmotivación.

El cerebro humano no solo necesita descansar. También necesita estímulos. Necesita retos. Necesita sentir que las capacidades que ha desarrollado tienen alguna utilidad. Por eso una carga mental insuficiente también puede acabar generando tensión mental. Tan perjudicial puede resultar exigir constantemente por encima de las capacidades de una persona como mantenerla durante años muy por debajo de ellas.

De hecho, podríamos resumir toda esta cuestión en cuatro escenarios muy diferentes:

  • Mucha carga mental y poca tensión mental: aprendizaje, reto, crecimiento y desarrollo.
  • Mucha carga mental y mucha tensión mental: sobrecarga, estrés y agotamiento.
  • Poca carga mental y poca tensión mental: rutina cómoda y sostenible.
  • Poca carga mental y mucha tensión mental: incertidumbre, aburrimiento, vigilancia pasiva y desmotivación.

Curiosamente, muchas organizaciones solo identifican uno de estos cuadrantes. El de la sobrecarga. Cuando una persona tiene demasiado trabajo, demasiadas decisiones que tomar o demasiada responsabilidad, el problema suele resultar visible. Sin embargo, el resto de situaciones pasan mucho más desapercibidas. Y eso es un error. Un trabajador aburrido, infrautilizado o atrapado en una incertidumbre constante también puede acabar sufriendo importantes consecuencias psicológicas.

Quizás por eso, cuando hablamos de bienestar laboral, deberíamos dejar de preguntarnos únicamente cuánto trabaja el cerebro de una persona. La pregunta realmente importante es otra: ¿en qué condiciones trabaja? Porque no siempre debemos reducir la carga mental. A veces lo que debemos reducir es la tensión mental. Y son cosas muy diferentes.

Un trabajo intelectualmente exigente puede convertirse en una fuente de satisfacción, aprendizaje y bienestar. En cambio, un trabajo aparentemente sencillo puede transformarse en una auténtica fábrica de agotamiento psicológico. Todo depende de factores como la autonomía, el sentido de la tarea, la incertidumbre, los recursos disponibles, el reconocimiento o la posibilidad de utilizar nuestras capacidades.

La próxima vez que escuches a alguien decir que está cansado de pensar demasiado, quizá merezca la pena hacerse una pregunta adicional. ¿Está cansado de pensar? ¿O está cansado de pensar bajo determinadas condiciones? Porque ahí, precisamente ahí, suele encontrarse la diferencia que no somos capaces de ver.

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