Reunión tensa en la oficina moderna

LIDERAZGO TÓXICO

Cuando el desequilibrio viste traje y habla el idioma del poder

Mi padre, con esa serenidad afilada que dan 96 años de huesos y memoria, suele decir: ‘Desde que cerraron Ciempozuelos, los locos andan sueltos por la calle’. Uno sonríe por la ironía de sobremesa. Pero, si se escucha bien, la frase no habla tanto de psiquiatría como de otra cosa, de la facilidad con la que una sociedad aprende a normalizar conductas disfuncionales cuando vienen envueltas en autoridad, estatus y resultados aparentes.

Ciempozuelos, para varias generaciones, fue el nombre-código del gran psiquiátrico, el lugar al que se mandaba lo que la sociedad no sabía mirar, ni comprender, ni acompañar; el símbolo del “manicomio” entendido como depósito de lo incómodo. Hoy ya no vivimos aquella psiquiatría asilar como paradigma, pero sí vivimos algo más sofisticado, la normalización del desequilibrio cuando viste traje, firma correos impecables y habla el idioma del poder.

Porque el liderazgo tóxico rara vez entra en la sala dando golpes a la mesa. Entra mejor peinado que nadie, con una seguridad que tranquiliza a quien decide promociones, y con una habilidad casi artística para detectar lo que cada cual necesita oír. En política, promete orden a quien teme el caos; en empresa, promete resultados a quien teme el trimestre; en sociedad, promete pertenencia a quien teme la soledad. Y ahí aparece la primera trampa cultural: confundimos aplomo con virtud y confundimos dureza con competencia.

Hay una tentación constante de explicar el liderazgo tóxico como una rareza clínica, un “caso”, un accidente estadístico. Es cómodo. Si es un monstruo aislado, basta con señalarlo. El problema es que el liderazgo tóxico, como los incendios, necesita combustible. A veces ese combustible es personal, rasgos fríos, ausencia de culpa, búsqueda de dominio, placer por la manipulación. Pero otras veces es sistémico, incentivos miopes, culturas de miedo, jerarquías sin contrapesos, y una evaluación del éxito reducida a números que no cuentan el daño. No siempre manda el más capaz; a veces manda el más dispuesto a pagar menos coste moral.

La psicología moderna lleva tiempo poniendo nombres prudentes a lo que el bar de toda la vida resumía con menos sílabas. Se habla de rasgos oscuros, de combinaciones frecuentes entre narcisismo, necesidad de admiración, grandiosidad y fragilidad escondida; maquiavelismo, estrategia fría, cálculo e instrumentalización; y rasgos psicopáticos subclínicos como encanto superficial, baja empatía, audacia temeraria y ausencia de remordimiento. No hace falta convertirlo en diagnóstico para entender el patrón, el liderazgo tóxico es, en gran medida, una tecnología de control emocional. No gobierna solo procesos; gobierna percepciones. No organiza solo tareas; organiza temores.

En política se ve con una claridad casi pedagógica. El líder tóxico suele fabricar un escenario donde todo desacuerdo es traición y toda crítica es conspiración. Divide la realidad en fieles y enemigos, porque esa división simplifica la complejidad y le evita rendir cuentas. El fenómeno no es nuevo; lo novedoso es el soporte. Hoy, además de tribunas y decretos, hay pantallas, algoritmos y una economía de la atención que premia el exceso. El liderazgo tóxico prospera cuando el grito tiene mejor rendimiento que el argumento, y prospera aún más cuando la gente, agotada, prefiere un relato nítido a una verdad matizada. La fatiga democrática es el mejor aliado del caudillismo.

En empresa, el decorado es más limpio, pero los mecanismos se parecen. Un directivo tóxico puede empezar como “salvador”, el que viene a poner orden, el que “por fin” toma decisiones. Al principio, algunos lo celebran, porque la decisión rápida alivia la ansiedad colectiva. Luego llega el precio, la exigencia se vuelve humillación, la claridad se vuelve dogma, la eficiencia se vuelve deshumanización, la meritocracia se vuelve favoritismo con corbata. Se instala una atmósfera en la que la gente aprende a callar, a evitar riesgos, a esconder errores, a decir lo que conviene y no lo que es. La organización se vuelve teatral. Se trabaja para el indicador, para el jefe, para la foto, para el “comité”. Y, paradójicamente, los resultados reales terminan degradándose, pero tarde, cuando el daño ya está internalizado y la rotación ya se ha comido el talento silencioso.

Una de las armas favoritas de este perfil es la ambigüedad administrada. Un día te halaga, otro día te ningunea. Un día te da autonomía, otro día te acusa de no alinearte. Ese vaivén no siempre es improvisación, es una forma de generar dependencia. El cerebro humano busca patrones; si el patrón es imprevisible, el individuo dedica energía a descifrar al jefe en vez de dedicarse al trabajo. Aparece el “yo lo arreglo”, el “si le pillo de buen humor”, el “mejor no contradecir”. La gente deja de pensar en lo correcto y empieza a pensar en lo seguro. Ahí el liderazgo tóxico ya ha ganado.

Luego están las técnicas más finas, que en cualquier manual antiguo de poder reconoceríamos, solo que ahora se llaman con nombres modernos. La triangulación, poner a unos contra otros para que nadie pueda construir una verdad común. El chivo expiatorio, sacrificar a alguien para mostrar fuerza. El gaslighting, negar lo evidente hasta que el otro dude de su percepción. Y una variante contemporánea particularmente rentable, el “yo soy muy autocrítico” sin cambio alguno. Es una confesión sin arrepentimiento, un gesto teatral que compra indulgencia. La pseudo-humildad como blindaje.

Conviene, aun así, no caer en la explicación única. Hay liderazgo tóxico sin psicopatía, y esto es importante porque la sociedad tiene afición por la palabra “psicópata” como si fuese un comodín moral. A veces el jefe tóxico no es frío, es ansioso. No es depredador, es inseguro. No manipula por placer, manipula por miedo. Y eso también destruye. Hay mandos que aplastan porque nunca aprendieron a liderar; otros porque solo conocen el control; otros porque vienen de culturas donde mandar era ordenar; otros porque están atrapados en incentivos imposibles y descargan la presión hacia abajo. En todos esos casos, el resultado se parece: miedo, silencio, cinismo, desgaste. La diferencia está en la intención y en la posibilidad de corrección. El rasgo impermeable se distingue por su incapacidad de aprender del daño: no lo corrige, lo capitaliza.

Se ha repetido que el poder corrompe; quizá más exacto sea decir que el poder revela. Lo que en pequeño era capricho, en grande se vuelve política. Lo que en familia era desprecio, en empresa se vuelve cultura. Aristóteles pensaba la virtud como hábito, “no se es justo un día, se entrena la justicia”. Del mismo modo, el liderazgo tóxico es hábito, se entrena la crueldad en dosis pequeñas hasta que ya no se nota. Hannah Arendt habló de la banalidad del mal para señalar que el daño masivo no siempre requiere villanos caricaturescos; a veces basta con burocracias obedientes y gente que deja de pensar. Y aquí aparece el núcleo, el liderazgo tóxico no solo es un problema de “malos”, es un problema de “cómodos”.

La cultura también empuja. Hemos romantizado al líder “implacable”, al tiburón, al “killer” del negocio. Se aplaude la agresividad como si fuese sinónimo de eficacia. Se confunde frialdad con profesionalidad. Se premia el atrevimiento aunque vaya acompañado de irresponsabilidad. Se idolatra al que “no se deja afectar”, como si no afectarse fuese madurez y no, en algunos casos, desconexión emocional. Y así, sin darnos cuenta, vamos construyendo una estética del mando donde el que cuida parece débil y el que hiere parece fuerte. La empresa moderna ha aprendido a medir el EBITDA, pero todavía mide mal la decencia.

Los sistemas jerárquicos tienden a protegerse. El que denuncia amenaza la cohesión aparente. El que cuestiona el estilo del líder cuestiona, indirectamente, a quien lo puso ahí. Muchas organizaciones tienen un reflejo inmunológico, expulsan al síntoma que habla, no al origen que lo produce. En política ocurre igual, el partido protege al líder porque el líder protege al partido; el coste reputacional de reconocer el problema se percibe mayor que el coste humano de sostenerlo. Hasta que estalla. Y cuando estalla, todos dicen que “nadie lo vio venir”. Es una frase curiosa, porque casi siempre alguien lo vio venir; lo que faltó fue permiso para decirlo sin pagar.

Recursos Humanos, cuando funciona bien, es precisamente el conjunto de mecanismos que evita que el carisma se convierta en impunidad. Pero RR. HH. también puede ser parte del decorado si se reduce a procesos sin coraje. La prevención real exige decisiones incómodas: selección con evidencias, no con intuiciones; promociones que incluyan indicadores de salud del equipo; evaluación 360 que no sea un trámite; canales de denuncia que no terminen en represalias; métricas de rotación y absentismo interpretadas como señales, no como “cosas que pasan”. Y, sobre todo, una idea sencilla y revolucionaria: el liderazgo debe rendir cuentas del daño, no solo del resultado.

La coyuntura actual, además, es un acelerador. En tiempos de incertidumbre, la gente busca figuras firmes. En crisis económicas, se tolera más el látigo “porque hay que sobrevivir”. En polarización política, se normaliza el insulto “porque el otro lo merece”. En mercados hipercompetitivos, se justifica el abuso “porque si no, nos comen”. El liderazgo tóxico sabe surfear esas olas: ofrece certezas rápidas y culpa ajena. Su producto principal es la simplificación, y la simplificación, cuando se mezcla con poder, suele terminar mal.

Al final, la ironía de la frase de mi padre es que no hace falta que “los locos anden sueltos” para que el mundo se llene de conductas peligrosamente normales. Basta con que la falta de empatía se confunda con temple, la manipulación con inteligencia, la crueldad con exigencia y la obediencia con lealtad. El liderazgo tóxico no es una anécdota, es un espejo. Y el espejo, por definición, no solo refleja al que manda, refleja también lo que los demás aceptan, celebran o callan.

Si hubiese que cerrar con una idea útil, sin moralina, sería esta: el antídoto no es encontrar líderes perfectos, porque no existen. El antídoto es diseñar sistemas donde la ambición tenga límites, donde el poder tenga contrapesos y donde el talento no tenga que elegir entre prosperar y conservar la dignidad. Porque cuando una organización obliga a elegir, ya ha tomado partido. Y casi nunca es el partido correcto.

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