Reunión estratégica de Recursos Humanos con profesionales analizando la gestión del talento, el liderazgo y el desarrollo de capacidades.

RECURSOS HUMANOS NO PUEDE SEGUIR SIENDO DEPARTAMENTO DE PERSONAL

Una reflexión sobre cómo pasar de la gestión administrativa de personas a la construcción estratégica de capacidades.

Durante años muchas empresas confundieron digitalización con incorporar tecnología. Cambiaron ordenadores, programas y archivos, pero mantuvieron intacta su forma de trabajar y de tomar decisiones. Con Recursos Humanos está ocurriendo algo parecido.

El antiguo Departamento de Personal nació para gestionar contratos, nóminas, vacaciones, altas, bajas, convenios y relaciones laborales. Una función imprescindible, pero fundamentalmente administrativa.

El problema aparece cuando cambian el mercado, la tecnología, los empleos y las capacidades que necesitan las empresas, mientras el departamento continúa haciendo prácticamente lo mismo, aunque ahora se llame Recursos Humanos, Personas y Cultura o People Management.

Cambiar el nombre de la puerta no cambia lo que sucede dentro.

Digitalizar expedientes, automatizar procesos o utilizar inteligencia artificial para seleccionar candidatos puede mejorar enormemente la eficiencia. Pero la tecnología no convierte automáticamente una función administrativa en una función estratégica.

La diferencia fundamental está en dejar de reaccionar para empezar a anticipar.

Un modelo tradicional espera a que un director solicite una contratación. Entonces busca candidatos, realiza entrevistas, cubre la vacante y gestiona la incorporación.

Una dirección moderna de talento debería preguntarse antes qué capacidades necesitará la empresa para ejecutar su estrategia, cuáles posee ya, cuáles están desapareciendo, cuáles puede desarrollar internamente y cuáles deberá incorporar antes de que sean escasas o demasiado costosas.

No se trata simplemente de cubrir puestos. Se trata de construir las capacidades que necesitará la organización para competir.

Y eso exige también otro perfil de liderazgo.

El responsable de talento debe conocer legislación laboral, compensación y relaciones laborales, pero eso ya no es suficiente. Necesita entender el negocio: cómo gana dinero la compañía, quiénes son sus clientes, dónde están sus márgenes, qué amenazas pueden alterar su mercado y qué conocimientos y capacidades humanas sostienen su ventaja competitiva.

Porque Recursos Humanos no debería recibir el plan estratégico cuando ya está terminado para calcular cuántas personas habrá que contratar. Debería participar en su construcción.

Si una compañía quiere entrar en un nuevo mercado, automatizar operaciones, adquirir otra empresa o cambiar su modelo comercial, alguien debería preguntarse qué estructura será necesaria, qué líderes podrán dirigir esa transformación, qué competencias faltan y qué riesgos humanos pueden impedir que la estrategia se ejecute.

La estrategia no se implementa únicamente con tecnología, inversiones o buenos planes. Se ejecuta con personas reales.

También cambia la manera de medir la función. Rotación, absentismo, clima laboral o número de cursos siguen siendo datos útiles, pero un responsable estratégico debe ir más allá: entender cuánto cuesta perder determinados conocimientos, qué posiciones representan un riesgo, cuánto tiempo llevará desarrollar una competencia crítica o qué impacto está teniendo un determinado estilo de liderazgo sobre los resultados.

Lo mismo ocurre con selección y formación. Antes de contratar, conviene preguntarse si realmente necesitamos ese puesto, si puede rediseñarse, si parte del trabajo puede automatizarse o si existe talento interno preparado para asumirlo.

Y formar tampoco debería significar acumular cursos y certificados. El desarrollo tiene sentido cuando genera capacidades que después pueden aplicarse dentro de la organización.

Fidelizar talento tampoco significa retener a todo el mundo. Significa identificar qué conocimientos, capacidades y personas son relevantes para el futuro y crear las condiciones para que quieran permanecer y aportar.

Aquí aparece además una cuestión especialmente incómoda: la calidad del liderazgo.

Muchas organizaciones analizan la rotación sin analizar suficientemente a quienes dirigen los equipos. Si determinados responsables desarrollan talento mientras otros generan desmotivación, silencio o salidas constantes, Recursos Humanos debe tener capacidad para identificarlo y plantearlo a la dirección.

La tecnología y la inteligencia artificial pueden ayudar enormemente en todo este proceso, pero no sustituyen el criterio.

Un algoritmo puede ordenar candidatos y una plataforma detectar patrones. Lo que difícilmente harán por sí solos es decidir qué capacidades necesita realmente el negocio, cuestionar una mala decisión organizativa o convencer al comité de dirección de que determinado liderazgo está destruyendo talento.

La tecnología amplifica el modelo sobre el que se aplica. Si el modelo es estratégico, lo potencia. Si es burocrático, digitaliza la burocracia.

Por eso tampoco basta con que Recursos Humanos tenga una silla en el comité de dirección. La verdadera pregunta es cuándo interviene.

Si participa cuando las decisiones ya están tomadas para contratar, despedir, reorganizar o comunicar, continúa siendo fundamentalmente una función ejecutora.

Si participa antes, aportando información sobre capacidades, liderazgo, sucesión, estructura, cultura y riesgos, empieza realmente a desempeñar un papel estratégico.

Las empresas pueden disponer de tecnología avanzada, marcas poderosas y estrategias ambiciosas. Pero ninguna de esas ventajas se transforma en resultados sin personas capaces de utilizarlas, desarrollarlas y hacerlas evolucionar.

Modernizar Recursos Humanos, por tanto, no consiste en cambiar su nombre ni en incorporar inteligencia artificial.

Consiste en cambiar su misión: pasar de gestionar solicitudes a anticipar necesidades; de administrar personas a construir capacidades; y de acompañar las decisiones del negocio a participar en ellas.

Porque intentar construir la empresa del futuro con un modelo de gestión de personas diseñado para el pasado tiene pocas probabilidades de funcionar.

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